En alguna ocasión tal vez se le haya presentado el reto de diseñar o impartir formación para cierta clase de trabajadores “técnicos”, esto es, personas que trabajan en tareas industriales o de servicios. Este sería el caso de transportistas, operarios de reparación de averías, etc. En general, muchas de estas personas perciben la formación como algo superfluo o incluso como una “majadería”. Por ejemplo, no es nada extraño que rechacen métodos formativos tan habituales hoy en día como los juegos.

Sin duda, existen algunas particularidades que deben ser tenidas en cuenta si queremos alcanzar el éxito deseado con estos colectivos. A continuación, vamos a explorar sucintamente la manera de abordar este tipo de formación, presentando algunos consejos básicos fruto de las experiencias de algunos formadores especialistas en estos entornos. trabajadores técnicos

  1. A la hora de preparar formación para estas personas, se ha de tener bien presente su bagaje previo. Algunos de ellos poseen estudios medios, pero muchos otros quizá hayan pasado por malas experiencias formativas. En estos casos, un concienzudo estudio previo del perfil de los participantes, de sus limitaciones y condicionamientos, es esencial para poder diseñar e impartir la formación más apropiada.
  2. Ha de asegurarse siempre de que el contenido presentado es relevante para las necesidades concretas de los participantes, es decir, para que puedan realizar mejor su trabajo. Desde el principio debe quedar muy claro el beneficio de poseer cierto conocimiento o de dominar tal habilidad.
  3. Hay que recortar lo superfluo e “ir al grano”. Para ello, es recomendable recurrir a técnicos expertos de contrastada eficacia en esos ámbitos y que además sean buenos formadores on-the-job, ya que a veces el público objetivo no tiene demasiada paciencia con las personas no familiarizadas con su entorno laboral. Si esta opción no es posible, es mejor recurrir al visionado de demostraciones de esos expertos grabadas en vídeo, al menos para los contenidos fundamentales.
  4. El formador, más que con cualquier otro público, ha de ser honesto con sus capacidades. Si no sabe algo, no ha de fingir que lo sabe. Debe buscar la respuesta y dar el seguimiento adecuado cuando sea posible.
  5. La formación debe imbricarse en los sistemas de gestión de RR HH de la empresa, de cara a obtener la participación e implicación deseadas. Esto supone que deben respetarse las políticas de formación, normas de asistencia, horarios, y compensaciones por la realización de cursos o programas formativos. Esta pauta debe aplicarse tanto a los participantes como a sus mandos directos, dándole a la formación al menos el mismo prestigio y valor que el trabajo en sí mismo.
  6. Se ha de preparar un sistema de evaluación del aprendizaje obtenido, para valorar la adquisición correcta de las habilidades impartidas. Los participantes se muestran más receptivos y atentos si perciben que no sólo se responsabilizan de asistir sino también de aprender.
  7. Es conveniente presentar la formación en diferentes formatos y en diferentes localizaciones. Pueden usarse vídeos, carpetas de actividades, sesiones presenciales, manuales e incluso en algunos casos cursos online. En general, se trata de facilitar el acceso a la formación según las posibilidades del público objetivo.
  8. Los materiales didácticos deberían redactarse en un lenguaje sencillo —aunque se usen algunos tecnicismos— que facilite la lectura y la comprensión. También es adecuado usar bastantes ilustraciones (gráficos, esquemas, dibujos, fotografías, etc.). Asimismo es interesante diseñar job aids de fácil uso, basados en trucos y consejos de desempeño eficaz en el puesto de trabajo.
  9. En la presentación de contenidos es preferible huir de las sutilezas, posibles ambigüedades, generalidades o analogías. Se ha de buscar lo concreto, práctico, aquello que entra por la vista y los oídos sin posibilidad de controversia o interpretación subjetiva.
  10. En la mayoría de las ocasiones, es aconsejable que el formador permita ciertos comentarios o intercambio de opiniones, especialmente entre empleados veteranos. El formador ha de presentarse como alguien interesado en sus temas y que además tiene cosas que aprender de estas personas. Puede ser útil que el formador no exponga directamente la materia, sino que la vaya construyendo a través de sucesivas preguntas. De este modo, los participantes van aportando sus ideas —como en un grupo-muestra— que el formador luego matiza y completa para atraerlos hacia las conclusiones deseadas.