A menudo creo que ya contamos con más coaches que coachees. Directivos en paro, profesionales de recursos humanos, consultores, amas de casa, prejubilados y estudiantes acuden a certificarse como coaches con la esperanza de poder desarrollar una profesión en la que compatibilizar el deseo de ayudar a los demás con sus legítimos intereses profesionales.

Handshake during counseling

Los profesionales de nuestro mundo cada vez realizamos más esfuerzos para explicar las bondades del coaching y promocionarlo a distintos niveles. En este mismo blog hablamos de los 10 Motivos para contratar un coach. Sin embargo existen amenazas que condicionan la seriedad y el reconocimiento de nuestra profesión. No, no voy a centrarme sobre los procesos de certificación, ni quien certifica al certificador, ni tampoco en los códigos de ética que intentan preservar la integridad del oficio sino que listaré algunas claves que a mi entender condicionan el éxito y en consecuencia la continuidad de nuestra profesión:

  • El coaching es parte de un proceso y no es una herramienta aislada.
  • Existen límites y barreras que no debemos cruzar. Coaching no es terapia.
  • Hay que entender quién es nuestro cliente y a qué objetivos debemos contribuir. ¿Manda quien paga?
  • El proceso debe ser voluntario y no simplemente aceptado.
  • La confianza es clave. Y no sólo la del coachee en el coach…
  • El dominio relativo de unas herramientas no sustituye a la comprensión del contexto en el que se mueve el coachee. ¿Puede ser un buen coach de un alto directivo alguien que nunca ha sido un directivo?
  • La excesiva carga ideológica genera sesgos y miopía. Cuanta mayor amplitud de enfoques mayor riqueza podremos aportar.
  • El coaching no deja de ser una herramienta para ayudar a alguien. Centrarse en el momento vital del coachee nos permitirá entender si realmente está en disposición de ser ayudado.