formacion1Estrategias de Desarrollo

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En el mundo de la formación en la empresa se busca que ésta tenga un carácter eminentemente práctico, orientado a la aplicación inmediata, que sea aplicable en el puesto de trabajo. Nuestros clientes, los directores de formación, y los participantes en las acciones formativas suelen pedir que sirva para ayudar a que la gente trabaje mejor y aporte más valor. Una formación responsable sería a mi juicio la que atinara con esta función primordial de la formación: ser útil, servir a los fines del empresario, a la mejora de los resultados de su negocio.slider-3

Handshake during counselingHistóricamente los que nos dedicamos a la formación en la empresa venimos quejándonos de que las empresas invierten poco en formación. Aunque cada vez hay más empresas que destinan una parte importante de su capital a la formación de sus empleados sigue siendo poco, a nuestro juicio, si consideramos el que necesitarían invertir.

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Dicho esto, la pregunta que nos deberíamos hacer quienes nos quejamos de la escasa inversión, debería ser si ofrecemos formación útil que aporte valor y en qué medida respondemos con ella a las necesidades del empresario

Valor añadido significa aportar algo más ¿A quién? A nuestros clientes sin lugar a dudas ya sean externos o internos. Las empresas y las personas que trabajan en ellas tienen problemas y unas y otros quieren soluciones a sus necesidades; y soluciones, y no cursos, es lo que desde formación debemos aportarles; los cursos son medios para un fin, instrumentos al servicio de la resolución de los problemas de nuestros clientes.

No todos los problemas y necesidades que el empresario tiene o a las que la persona se enfrenta son, por supuesto, formativos. Hay situaciones en las que la formación no añade absolutamente ningún valor ni aporta solución de tipo alguno. Dar formación en dichas situaciones puede servir de válvula de escape, de mera excusa o, en el peor de los casos, de nada (un nada muy caro en este caso).

Distinguir esas situaciones de aquellas otras en las que la formación sí aporta, es un signo de inteligencia del empresario y de quien le aconseja (el consultor externo o interno en materia de rendimiento humano) y el primer paso para constituir un servicio de formación “responsable”. En estos casos la inversión en formación no es cara sino una inversión con un retorno indudable.

El que haya problemas en la empresa que sean solucionables en todo o en parte mediante formación es una buena noticia para quienes nos dedicamos a ella y pretendemos ser más que meros proveedores y llegar a ser socios de negocio para nuestros clientes.

Pasar de proveedores a socios nos impone a los profesionales de la formación, de entrada, la obligación de entender del negocio de nuestros clientes, de comprometernos con sus problemas y de aliarnos con sus objetivos. Ello nos permite juzgar y aconsejarles en materias de formación y cómo esta puede contribuir a la solución de sus problemas de negocio.

Esto es lo que nuestros clientes perciben y lo que realmente les importa. A los pacientes de un médico no les importa si éste es un virtuoso del bisturí; lo que realmente les interesa es que sea capaz de curarles, ya sea interviniendo quirúrgicamente o no. A nuestros clientes tampoco les importa que seamos excelentes formadores sino si somos capaces de revertirles soluciones reales a los problemas que tienen a cambio de lo que pagan.

Este es el mensaje central de lo que, a nuestro juicio, consiste la formación responsable en la empresa. En muchas Organizaciones los responsables de formación viven de cerca los problemas de sus clientes internos y colaboran con ellos. Cada vez son más los que lo hacen; pero todavía quedan empresas en las que el departamento de formación no tiene claro quién es su cliente, ni cuál es su necesidad, ni qué espera de ellos. Afortunadamente cada vez son menos y hay una evolución muy positiva en los últimos años.

Para esta evolución que permite pasar de un departamento de formación periférico a negocio a otro más cercano al núcleo del mismo y más responsable, resultan muy útiles algunas preguntas que siempre deberíamos hacernos quienes desde dentro de las Organizaciones o desde fuera de ellas como consultores nos ocupamos de estos temas. Las preguntas que animo a todos a que hagan a sus equipos de RRHH son, entre otras, las siguientes: ¿Cuándo fue la última vez que se entrevistó con un cliente interno? ¿Se considera suficientemente orientado a cliente? ¿Cuántos clientes internos tiene? ¿Realmente escuchamos a nuestros clientes y sus necesidades o las prejuzgamos?

Si escuchamos de verdad a nuestros clientes (a los que de verdad lo son y nos tratan como profesionales de confianza que pueden ayudarlos) notaremos que no nos piden cursos, sino que nos cuentan sus problemas y las consecuencias que les acarrearán. Nuestra actuación responsable pasa en cualquier caso por ofrecerles alternativas de solución; mediante la formación si el problema pasa por ello o abriéndole perspectivas en otros terrenos si no lo es.

La prueba del nueve de ante qué tipo de departamento de formación nos encontramos la tendremos analizando el informe de gestión anual del mismo. Si lo que encontramos son meras estadísticas de número de cursos, participantes y horas de formación realizadas podemos estar seguros que nos encontramos frente a un departamento de formación muy diferente al que sin dejar de informar sobre tales cifras y parámetros también dedica espacio para informar de los problemas y los beneficios reportados a sus clientes en términos de mejora de su desempeño y resultados.  

A modo de resumen me gustaría insistir en que la verdadera formación responsable es aquella que se considera a sí misma como un medio y no como un fin. Las cosas están cambiando a nuestro alrededor; nuestros clientes quieren profesionales de la formación que sepan entenderles y que les ayuden. Espero que estas reflexiones nos sirvan a quienes nos dedicamos a este noble oficio a servirles mejor. Al fin y al cabo esa es la única garantía de nuestro éxito profesional.